Hará unas semanas, en un canal de televisión, y muy de pasada, vi que estaban haciendo un documental sobre el atentado terrorista de las Torres Gemelas. En él, pude observar la reacción del que en ese momento era el presidente de EEUU, George Bush. Estaba en un colegio leyéndoles libros a un grupo de niños, cuando le comunicaron que la primera de las dos torres cayó. Sin embargo, no fue hasta la caída de la segunda cuando se dio realmente cuenta de la gravedad del asunto. Sin más, cambió su semblante, se puso serio, pero siguió en esa clase, entre una multitud de alumnos. El daño ya estaba hecho. Pero él siguió en el mismo lugar, inmóvil.
Yo aún recuerdo ese suceso, aunque muy vagamente. Apenas tenía 8 años, pero acababa de entrar por la puerta de la casa de una amiga mía cuando su hermano nos dijo: “Acaban de chocar dos aviones contra las torres”. Aunque en ese momento no me percaté de la suma importancia que tuvo lo ocurrido, lo descubrí más tarde.
Diez años más tarde, plenamente consciente de la incidencia del atentado, me pregunto en qué estarían pensando todos aquellos kamikazes que dieron su vida por hacer historia, ¿servir a su líder?, ¿alcanzar algún ideal “supuestamente” religioso? Todo cabe.